VERTEDERO


Enrique miró al cielo; por fin la tormenta​ se alejaba y habría trabajo para todo el pueblo. La mayoría de sus habitantes recogerían los restos arrojados a la playa por el oleaje, pero los que tenían barca, como él, se adentrarían en el mar para arrastrar con las redes hacia la orilla aquello que ensuciaba el itinerario de los trasatlánticos y yates de lujo. No podía quejarse: aunque los ayuntamientos y empresas turísticas solo pagaban cinco euros por cien kilos de basura, vivía bien desde que el Mediterráneo vomitaba​, además de los innumerables plásticos y latas, miles de cadáveres.


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Caminante, no hay camino, se hace camino al andar, pero es más agradable hacerlo en buena compañía.

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