LA ESPERA

 El gruñido oxidado de la puerta principal interrumpe el silencio de la casa. «¡Han vuelto!», piensa Rosaura. Sus padres viajan mucho por motivos de trabajo, pero esta es la primera vez que la dejan tanto tiempo sin canguro. Al principio temió que hubieran sufrido un accidente, porque tampoco sonaba el teléfono... hasta que al tercer día los llamó y escuchó a ambos preguntando sin cesar «quién es». Entonces sospechó que sus triunfadores papis estaban enfadados por las mediocres notas escolares de la hija; o quizá era que la habían castigado por no hablarles desde que empezaron a pelearse cuando coincidían en casa; o, tal vez, pensaban que la huraña niña de doce años ya podía arreglárselas sola.
Rosaura siente la ira ralentizar sus pasos escalón a escalón.Ya no tiene ganas de abrazarlos, aunque continúa descendiendo para gritarles la rabia que va tiñendo de rojo su vestido.
El alarido estremece la araña del recibidor. La pareja mira estupefacta al techo: ella le dice a él que no hay viento; él le contesta a ella que la casa no está sobre zona sísmica. Rosaura vuelve a la habitación para seguir esperando a sus padres.

ÚLTIMO PARÉNTESIS

Lo encontró frente a ella, más alto que la gente,
y sobre él, su brazo; y sobre éste la bandeja:
receta deliciosa de alimentos todavía sin sustantivo.
Ella quiere probarla, la desea muchas horas
después de que él se marche. La busca, lo busca
en los alrededores, pero nadie recuerda
el nombre desconocido del manjar. De pronto
mira la cumbre que se alza
sobre la metrópoli.
Es tan alta.
Vértigo.
(...)
Veo desde aquí
toda la Tierra sin esquinas.
En La Montaña del Fin del Mundo
esperamos atentos al fondo de las nubes: vienen.


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Los poemas y textos pertenecen a la autora del blog, Matilde Selva, a excepción de aquellos en los que se hace constar el nombre de otros autores.