LA PRESA

La sombra acecha tras la esquina de una calle anónima. Imagina a su presa por el repiqueteo de los zapatos sobre la acera: los pasos cortos, rápidos y desiguales le revelan a una mujer joven, delgada y algo ebria; una zorra que vuelve a casa sola después de una noche desenfrenada; otra putita más que no podrá escapar de él gracias al ajustado vestido corto y los taconazos que utiliza para provocar. Se asoma hacia el sonido de los pasos con una mano en la bragueta, deseando que la realidad confirme su perversa fantasía, pero sólo consigue ver la oscura forma que se abalanza sobre él.

Hola machote, ¿me esperabas? —dice una voz femenina.

El cazador observa a la que acaba de agarrarle el cuello: sudadera con capucha roja, vaqueros, zapatos de tacón bajo... Cómo no, piensa, sólo una marimacho de gimnasio podría tener tanta fuerza. Cierra las manos e intenta golpearla. La mujer esquiva los puñetazos y le inmoviliza los fornidos brazos contra la pared; a continuación, aproxima su rostro al del hombre y sonríe.

Él mira asombrado la boca de gruesos labios granates: nunca ha visto unos dientes tan afilados.

AMISTAD

    Hablemos de las sonrisas sepultadas en los abismos interiores;
    hablemos de los abrazos que agonizan
    entre los dientes insaciables de este mundo;
    hablemos de esos ángeles de carne
    con sueños gigantescos como alas y lágrimas terrestres
    que sufren demasiado para morir temprano
    y nunca aparecen en los libros sagrados ni en la Historia
    aunque sepan amar como el latido,
    a cien cálidas sonrisas por minuto
    y un abrazo al instante con luz en las pupilas.
    Hablemos, sobre todo, de esas manos cercanas que liberan,
    con solo su amistad, lo mejor de nosotros.


EL OTRO


La alarma avisó que se aproximaba la hora de cerrar la reja del balcón y cubrir las ventanas con las gruesas cortinas. Quince minutos antes, las imágenes televisivas habían informado que debíamos permanecer en las sombras para ocultarnos de Los Otros, advirtiendo del peligro de mirarlos si nos encontraban, pues entonces abrían la boca para contagiar su infección irreversible y otras mutaciones que nos convertían en monstruos como ellos.

De pronto escuché sonidos extraños en la reja. Agarré el cuchillo más grande de la cocina y caminé despacio hacia el salón, en donde descubrí que el lateral de la cortina se había enganchado en la barra, revelando mi oscuridad al exterior.

Esperé a que mi indiferencia lo agotara, pero El Otro siguió entonando su horrible ruido hasta que desgarré la cortina a cuchilladas. El engendro se quedó inmóvil, mirándome. Yo también lo miré, aterrado por su extrema fealdad. Aquel ser era tan asqueroso que su piel no supuraba ni olía a fosa, aunque lo que más me horrorizó fue el repugnante movimiento de sus siniestros labios sonrosados al emitir de nuevo los repelentes sonidos que me volvían loco, esos que las imágenes diarias nos mostraban como contagiosas y letales Palabras.

ÁBREME


Entreabierta te ofrezco,

como una sonrisa vertical

sedienta de tu entrada,

el húmedo claroscuro

del misterio.


Ven,

desanuda las pesadillas

que encadenan tus pasos

y desnuda mi vientre,

o duérmete en el reloj

inmóvil de la duda

donde lloras tus sueños paralíticos.


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