VERTEDERO


Enrique miró al cielo; por fin la tormenta​ se alejaba y habría trabajo para todo el pueblo. La mayoría de sus habitantes recogerían los restos arrojados a la playa por el oleaje, pero los que tenían barca, como él, se adentrarían en el mar para arrastrar con las redes hacia la orilla aquello que ensuciaba el itinerario de los trasatlánticos y yates de lujo. No podía quejarse: aunque los ayuntamientos y empresas turísticas solo pagaban cinco euros por cien kilos de basura, vivía bien desde que el Mediterráneo vomitaba​, además de los innumerables plásticos y latas, miles de cadáveres.


CRUENTOLANDIA


Está perdiendo el Príncipe sus cruentos:
a Cenicienta ya no le gustan los tacones,
Belladurmiente prefiere seguir soñando,
y Blanca se ha casado con los siete enanitos.
Está tan triste el Príncipe sin cruento
de púberes princesas de himen santo
que su madrastra se ha arrojado al culebrón
donde las chicas malas sufren todavía
y el patriarca invoca la moral tradicional
entre partidos de fútbol y prostíbulos.
Mas el Príncipe no pierde la cruentitis
y se ha apuntado a un grupo de autoayuda
contra la extinción del macho ibérico
que le promete un puesto en Cruentolandia
y una empleada de hogar virgen y muda
con uniforme de princesa sin salario.


PROYECCIÓN


Aquel zombi le dio tanto asco que no quiso mirar. Cuando se encendieron las luces, salió del cine con un suspiro de satisfacción y la mochila llena de cerebros.


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